Morir en el Everest

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Dicen que la sensación que uno siente cuando alcanza el cielo es indescriptible. Para nosotros, mundanos mortales, lo más cerca que podemos estar del cielo se resume en una palabra: Everest. 8.848 metros. La montaña más alta del mundo. Una utopía en 1890. Un reto en 1924. Una victoria en 1953. Un desafío, todavía hoy en día.

Muchos fueron los que intentaron lograr lo imposible a principios del s.XX: coronar la cima más alta del mundo. Solamente dos valientes alpinistas, George Mallory y Andrew Irvine, de 38 y 22 años respectivamente, pudieron lograr el sueño. El 8 de junio de 1924 partieron del C-6 en la arista noreste de la montaña con el objetivo de alcanzar la cumbre. Un miembro de su expedición, Noel Odell, que seguía atentamente sus pasos con un telescopio, les vio superar el segundo escalón rocoso, a pocos metros de la cima. Desaparecieron. Nunca más se supo de ellos hasta que en 1999 una expedición encontró el cuerpo congelado, en muy buen estado, de George Mallory. El de Andrew Irvine sigue sin estar localizado.

Algunas teorías apuntan que los dos alpinistas sufrieron un accidente antes de coronar el Everest; otras defienden que hicieron cima y murieron al descender. Y mientras uno de los grandes misterios del alpinismo sigue vigente hoy en día, Edmund Hillary, quien logró coronar la mítica montaña en 1953 junto a Tenzing Norgay, quiso dejar claro que él era el único merecedor de tal mérito: “Si escalas una montaña por primera vez y mueres en el descenso, ¿es realmente el primer ascenso a la montaña? La escalada completa de una montaña supone llegar a la cima y bajar sano y salvo”.

Todo vale para alcanzar el techo del mundo

Han pasado muchos años desde entonces, y a día de hoy no se puede hablar del Everest sin mencionar los centenares de expediciones comerciales que suben a clientes adinerados, la mayoría poco preparados, a la cima del mundo. Esa montaña sagrada para los tibetanos se ha convertido en un suculento negocio y poca importan las muertes ocurridas por culpa de negligencias, como la tragedia de 1996, en la que varios miembros de distintas expediciones comerciales perdieron la vida atrapados por una violenta tempestad.

Las compañías que se vieron implicadas en la desgracia de finales de los 90 siguen existiendo. A día de hoy, si tienes mucho dinero, puedes contratar sus servicios. Subiendo hacia la cima, probablemente te cruces con los cuerpos congelados de sus fundadores, Rob Hall y Scott Fischer, que murieron víctimas de sus propios errores en 1996. Hay más de 200 cadáveres reposando en las nieves perpetuas del Everest y una veintena de ellos son visibles en el camino de ascenso a la cumbre. Como en una macabra escena de una película de zombis, en algunos tramos los alpinistas deben pasar literalmente por encima de esqueletos vestidos con ropas de alta montaña en perfecto estado.

Esos muertos les recuerdan lo vulnerables que son, lo poco piadosa que es la montaña. Y a pesar de todo, miles de personas siguen subiendo al infierno de hielo del Himalaya. ¿Por qué? Posiblemente por el ego, la ambición y la arrogancia humana que les hace creer invencibles, capaces de todo. Como aquél niño pequeño que cree que solamente conseguirá el respeto de su padre si marca un gol, muchos son los que coronan el Everest por conseguir la admiración de su gente. Tan grande es el ego del hombre que poco importa a quién se pise para lograr la ansiada meta.

Elegir entre salvar a un hombre o llegar a la cima

No hace tanto tiempo, en 2006, el británico David Sharp se refugió en una pequeña oquedad situada a 8.500 metros, al bajar agotado de la cima del Everest. Allí se encontraba el cuerpo de Paljor Tsewang, un indio muerto en la tragedia del 96. Había agotado su provisión de oxígeno y estaba exhausto tras pasar una noche helada a la intemperie. Al día siguiente, ante él llegaron a pasar al menos 40 alpinistas rumbo a la cima. Nadie hizo nada para socorrerle. Solamente un sherpa intentó ayudarle sin éxito. Murió horas más tarde.

Los al menos 40 alpinistas coronaron la cima aquél día, tocaron el cielo y descendieron en perfecto estado. Lograron su sueño, pero el precio fue alto. Dejaron morir a un hombre que agonizó ante sus ojos. Debían elegir y eligieron la gloria, esa obsesión envenenada por sacrificarlo todo para poder decir que han coronado la montaña más alta del mundo. ¿Y después qué? El cuerpo congelado de Sharp, postrado para siempre en medio del camino hacia la cima del mundo, les recordará que aquél día perdieron su humanidad, que no fueron los más valientes por coronar el Everest, sino los más cobardes por dejarle morir cuando pudieron salvarle.

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