¿Conocer antes de juzgar? No, mejor te pongo una etiqueta

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La “pija” con cara de no haber roto jamás un plato, el freaky que va de enrollado, el pelota que apuñala por la espalda, la guapa “devorahombres”, el “sabelotodo”…Los humanos, mujeres y hombres por igual, tenemos la tendencia de etiquetar a la gente, así sin más. Nos regimos por los estereotipos que nos ha inculcado la sociedad occidental impregnada de un sinfín de prejuicios y unos patrones de personalidad simplones y poco fiables. Es la consecuencia de habernos dejado conquistar por la menguante cultura de masas norteamericana, esa que inventó la producción en cadena, allá por los años 20. Les funcionó con los coches y decidieron implementar el sistema a todo, incluida la cultura. Y así, sin más explicación, se convirtieron en los reyes de la fabricación en cadena de estereotipos de baja complejidad y fáciles de comprender y amar. El cine y la televisión hicieron el resto; se limitaron a llenar sus historias de estos personajes: el poli bueno, la guapa tonta, el listo tímido y el cachas con pocas luces, entre tantos otros.

Y aquí estamos, aquí seguimos. Como si de un capítulo de Friends se tratara, contemplamos el mundo en busca de la guapa niña de papá que se independiza, el “sabelotodo” torpe de buen corazón y el buenorro que no entiende nada pero que hace reír a todo el mundo. Etiquetar a la gente que no conocemos es la opción fácil y como seres simples que somos los humanos, nos limitamos a elegir la opción que menos esfuerzo requiere. ¿Conocer al chico nuevo de la oficina? ¿Por qué? Le cuelgo la etiqueta de “becario introvertido” y listos. ¿Esforzarme en conocer a los nuevos vecinos? ¡Qué palo! Parecen marroquíes; les colgaré las etiquetas de “marido gruñón” y “mujer abnegada”.

Tan triste y tan real. Somos así de injustos en nuestro día a día. Como cuando éramos niños en el recreo, nos dejamos dominar por los prejuicios. Somos víctimas de la pereza y juzgamos a diario sin darnos cuenta, convirtiéndonos en seres despreciables. Paradójico. Absurdo. Ya lo dijo Shakespeare: “Esta vida es un gran teatro; solo somos actores que nos limitamos a actuar”.

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