La obsesión por fingir que nuestra vida es perfecta

 

pareja-selfie

Hombres y mujeres en general tenemos la tendencia a exagerar todo lo que vivimos. Sea para bien o para mal, lo bueno lo vivimos como doblemente bueno y lo malo como una gran tragedia. Pero más que preocuparnos por nuestros propios sentimientos y vivencias personales, lo que realmente nos importa es transmitirlo al mundo. Y no lo hacemos con sinceridad y modestia, sino más bien todo lo contrario. Muchos creen que lo realmente trascendente no es lo que somos, sino lo que creen que somos. E aquí el motivo del gran éxito de las redes sociales: necesitamos un soporte para explicar al mundo quiénes nos gustaría ser. Una página en blanco donde crearnos a nosotras mismas, colgar fotos de los momentos felices y hacer comentarios tontos sobre lo geniales que somos y lo bien que nos va todo. Es nuestra forma de reinventarnos, de crearnos la vida que siempre hemos soñado porque, ¿qué importa si es mentira? Si todos lo creen, también llegaremos a creerlo nosotras. Y así, sumidas en la mentira, somos felices. O eso creemos.

Si en el último viaje en pareja a Paris nos llovió todo el fin de semana, colgamos una foto en la red social de rigor de los dos comiendo croissants en un café chic y escribimos: “Romántica tarde de lluvia en la ciudad del amor”. Si nos despiden del trabajo, ponemos: “Reinventando mi vida; por fin un cambio de aires”. Y si el novio nos deja, en un santiamén colgamos la foto de fiesta con las amigas bajo el título: “¡Soltera y feliz!”. Pero esta embriaguez de felicidad perenne que invade las redes sociales de medio mundo no termina aquí. Algunos, equívocamente, no entienden la felicidad sin una relación de pareja y nada más empiezan algo con alguien, saturan la red de mensajes de amor, canciones pastelosas y fotografías de los dos abrazándose por todas partes. A menudo, al ver estos monográficos de amor de escaparate me pregunto si sus sentimientos son sinceros o si simplemente han llegado a creerse lo que han hecho creer a todo el mundo. ¿El autoengaño nos hace felices? Posiblemente sí, aunque a corto plazo.

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar el fracaso? Pero sobre todo, ¿por qué nos empeñamos en hacer creer al mundo que nuestras vidas son perfectas? Somos humanos y cometemos errores. Discutimos con la pareja, nos peleamos con las amigas, nuestro trabajo no es el soñado…Al intentar conseguir en rebajas aquél vestido que tanto nos gusta, no queda la talla. Al probar el menú degustación de un restaurante de lujo, nos quedamos con hambre. En París, nos llovió cuando fuimos. Y la dieta milagro con la que la guapa de la oficina dice haber adelgazado, no nos ha servido de nada. Es así. No somos perfectas. Cometemos errores y nuestras vidas no son un cuento de hadas. Aunque solamente colguemos fotos de días soleados en la red social de turno y nos empeñemos en ver la vida de color de rosa, debemos aceptar que nada tenemos que ver con la vida ejemplar que un día soñamos. Al fin y al cabo, en el Olimpo los dioses se aborrecían de tanta perfección y, a pesar de su condición eterna, envidiaban a los mortales porque su existencia tenía un fin. Y tenían toda la razón del mundo en hacerlo, ya que ser perfecto es mucho menos interesante.

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